Llegó de puntitas, se acomodó la falda y se sentó a mi lado, mientras miraba la ciudad a través de la ventana sonrió y comenzó a contarme de ti, de tus besos a veces suaves y otras violentos, de tus manos y tus risas. Me contó de aquella vez que iban caminando de la mano y arrancaste unas flores para ponérselas en el pelo, me dijo que una parte chiquita lamentó la muerte de esas pobres flores, pero otra saltaba de alegría por tu detalle. Me contó también de la primera pelea que tuvieron y como lloró toda la noche, de la primera vez que… bueno, me contó que también fue tu primera vez. Me contó de cómo vivieron tanto y se hicieron viejos antes de tiempo, se desgastaron… Y así, mirando hacia la ventana rodó una brillante gota por su cara que casi la rompió en dos. ¡PARA!, le dije, ya no me hables de él, ¿qué no ves que te hace mucho daño recordarlo, soledad?
Otras cosas curiosas
Es como pequeños cocodrilos.
Me da miedo el amor porque todo en él me da miedo.
Me da miedo confiar en ti y que al final del cuento me pongas el cuerno y te marches muy contento con una mujer que no te ha amado ni lo piensa hacer pero que te emociona como yo ya no lo hago porque tanto te he amado que ya simplemente no te inspiro a nada, no soy un reto nuevo, ya no soy nada.
Me da miedo entregarte mi sonrisa y construir recuerdos contigo, porque los recuerdos son como pequeños cocodrilos, al principio no sabes como van a ser, después rompen el cascarón y salen con sus grandes ojos y te miran tiernos e indefensos, y juegas con ellos, y los tomas entre tus manos, los acaricias, pero con el tiempo crecen y se vuelven extraños que ya ni te reconocen y te atacan al primer contacto. Los recuerdos pueden ser muy crueles.
Me da miedo crecer contigo y que para cuando los dos seamos un par de señores tú seas un señorón que enamora chavas de la edad que ahora yo tengo, y yo solo sea una señora que hace mucho perdió su belleza y juventud.
Me da miedo el amor porque es muy bonito mientras vive, pero si se muere llega por las noches y te jala los pies. Me da miedo que te vuelvas mi casa y un día decidas irte y tenga que vivir debajo de un puente, cubriéndome de la lluvia con cajas y… me das miedo.
Carta para el amor que tuvimos.
Hola, ¿cómo estás? Pienso en ti a diario. Juré que no te lo iba a decir pero es que no se me ocurre otra cosa. Cierro los ojos y ahí estás, sueño y ahí estás, veo una flor silvestre que me recuerda a la que me regalaste aquel día sin ninguna razón, y ahí estás. Miro a una pareja de niños, tomados de la mano, y nos recuerdo juntos, y ahí estás. Vivo, y ahí estás. Eres como una dulce pesadilla, verás, te sigo amando y ya no estás. Y ya no estás desde hace tanto, y sin embargo estás.
¿Cuántos años fueron? No sé, ¡qué más da!, como si el amor se midiera en tiempos. Éramos unos niños, jugando a amarse, y lo hicimos mal, nos amamos de verdad. Recuerdo tu cara en la mía, tu pelo, tu voz. Cuando te sueño estás igual, con tus ojos, me encanta que eran dos, con tu pelo, amo que era negro, con tu piel, tu barba a medias, tus pestañas, tus piernas, tus abrazos, todo tú. Cuando te sueño sufro un poco, porque solo es eso, un sueño. Cuando te sueño y despierto sufro porque ya no estás. Han pasado tantos años y sin embargo no te vas.
Te escribo porque no tengo mejor manera de besarte, te pienso porque es mi forma de amarte, te recuerdo para no olvidarte, y me marcho para no matarte.
Amor, querido amor, espero que tú estés bien. Amor, me despido, porque esto tiene que acabar.
Adiós.
Adiós, amor.
Tu sonrisa sigue viva.
Cosa dificil que te hayas ido, las pequeñas cosas me recuerdan que exististe en mi vida, que te vi sonreír un millón de veces, que saltaste y caíste, que viviste. Cosa rara cómo la vida acaba así tan de la nada y no lo podemos evitar. Ya no estás para abrazarme pero todos los días me das lecciones nuevas, me enseñas a saltar sin miedo, a sonreír en la lluvia, a ser feliz cada segundo porque no sé si habrá siguiente. Todos los días existes en las flores que veo, en el infinito placer de haberte conocido, en tu canción favorita, en el recuerdo de tu voz, en las palabras de tu madre, en la cara de tu hermana, en los amigos compartidos, en los años, en lo que falta, en lo que fue, en lo que nunca será y en todas las ganas que tengo de decirte una vez más: GRACIAS.
Pero no te vas a morir, te lo juro.
Te juro que te va a doler. Te va a hacer querer morir, vas a llorar hasta que los ojos se te salgan por las manos y gritarás en silencio. Te va a doler al punto que vas a desear nunca haber empezado nada de esto, vas a intentar no sentir, no pensar, no intentar… pero no vas a poder. Te va a cortar hasta lo que no sientes, te va a doler en partes que no sabías que tenías, vas a sentir que no puedes respirar, no querrás hablar del tema, llorarás sin darte cuenta, nada te va a hacer feliz; pero vas a fingir la sonrisa para que nadie note que por dentro estás en ruinas. Cuando sientas que ya no puedes sufrir más, va a llegar un recuerdo a romperte la esperanza, poco para matarte, pero suficiente para hacerte desear no estar vivo; y te vas a sumir en la cama e inundarás de lágrimas tu mundo hasta que se te ahoguen los sueños y naufraguen las ganas. Te juro que te va a doler más de lo que crees posible y nadie te va a entender, ningún consejo será bueno, nadie ha sufrido tanto como tú vas a sufrir.
Te va a doler y no hay nada que pueda hacer por ti más que decirte que te va a doler, porque así es el amor, dulce mientras dura, y después… amargo, cortante, asesino, frustrante, hiriente…
Te juro que te va a doler, pero cuando las heridas cicatricen, vas a volver a empezar, te lo juro.
Lo sigo creyendo
Nuria, 31 años
Tengo 31 años y definitivamente estoy más rota que nunca, se me sale la existencia por todos lados, camino mientras broto en engaños, como plantitas que me salen por las manos. Hago daño; me doy miedo, por eso tapo los espejos, para no verme a los ojos y caer en mi propia trampa, para no venderme una realidad que atrapa y luego me mata, con sus pequeñas lucecitas de esperanza. Soy mi propia peor enemiga, nunca nadie me había odiado tanto en la vida. Me consumo, y me desgasto, me tiro al piso, y como si fuera buena, me levanto; me digo cosas bonitas, me hago sentir bien, me regalo cristales y luego me los clavo en la frente, me río al verme: “caíste otra vez, insulsa, tan tierna, tan frágil, con tus ojos grandes y tu cara estúpida”; y me hago llorar, y me doy tristeza, y corro a abrazarme, y me hago bolita, y lloro en mis brazos, me siento chiquita, me vuelvo sollozo, y floto en los ríos que corren por mis ojos, “¿por qué estás tan rota?, ¿por qué no te arreglas?, tal vez es solo que estás descompuesta”, y me beso en la frente, y me canto canciones, que hablan de mi infancia, de tiempos mejores, y me vuelvo agua, y me filtro en la tierra, y se calla el llanto, y se apaga todo, y solo queda el canto…
